jueves, 17 de mayo de 2018

El arte de conversar (1)


“A ver…” es una fea muletilla con la que muchos comenzamos nuestras intervenciones y con la que buscamos, de manera arrogante (aunque inconscientemente), imponer nuestra idea de las cosas, expresar nuestra opinión sobre un asunto en particular o fijar nuestra inamovible posición en un debate.

En cualquier caso, la muletilla de marras es una falta de respeto al interlocutor. Lo que estamos diciendo es: “A ver, idiota, te voy a revelar la verdad del Universo”.

Yo sugiero que todos trabajemos intensamente por extirpar dicha muletilla de nuestras discusiones, porque siempre está rellena de desdén y descortesía. Busquemos maneras más amables de exponer nuestros puntos de vista.

viernes, 4 de mayo de 2018

El drive es la alacena

En el mundo de la informática, la voz inglesa “drive” se refiere a aquel dispositivo que lee y/o escribe datos en un medio de almacenamiento: un disco compacto o una unidad de memoria (USB, por sus siglas en inglés), por ejemplo.

También se usa la palabra para referirse a los servicios de almacenamiento virtual (Google Drive es el más conocido).

Por tanto y en cualquier caso, bien podemos utilizar palabras de nuestra propia lengua, cuya riqueza hemos ido atesorando durante los mil años de existencia del español.

Pienso en tres vocablos posibles: depósito (romanceamiento de depositum), cobertizo (lugar cubierto para proteger algo o protegerse uno mismo de la intemperie) y alacena.

De ellas, sugiero elegir la tercera palabra, de origen árabe (alhazána), por su belleza natural y por su carga de semántica doméstica.

sábado, 18 de noviembre de 2017

El uso de la coma en presencia del vocativo


El vocativo se escribe seguido de una coma si va al principio de la oración; es precedido de una coma cuando va al final de la oración; y se coloca entre comas si se halla en medio de la oración:

Arnoldo, gracias por haberme enseñado a luchar.
Gracias por haberme enseñado a luchar, Arnoldo.
Gracias, Arnoldo, por haberme enseñado a luchar.

El vocativo es el elemento de la oración que funciona como llamado, invocación, señalamiento o apelación. En los ejemplos presentes, el vocativo es Arnoldo.

Este conocimiento es uno de los regalos que se da a los niños en la escuela primaria. El regalo, junto con otras joyas, se revisa durante toda la secundaria. Y en cuarto de bachillerato, el estudiante que ha estado en una buena institución educativa domina la lengua básica y es capaz de pasar a formas más complejas del idioma.

Cuando nada de esto ocurre, el joven tiene la opción de dedicarse a la mercadotecnia y la publicidad tradicionales, en donde, a propósito, a los ocurrentes y graciosos los llaman creativos, apelativo que seguramente nació como ironía.

Cuando el joven pasó de noche la primaria, decimos, tiene entonces la opción de ser creativo en el área de mercadotecnia de cualquier organización o en una agencia de publicidad. ¿Por qué? Porque tanto en una como en otra tendrá permiso de destrozar su lengua materna e incluso mofarse de ella, escupir sobre ella, negarla y reducir el universo de sus ideas a tres o cuatro conceptos que repitirá en cada reunión de creativos, es decir, en cada brainstorming, en el que un grupo de personas sin estudios serios "psicoanalizan" al target para encontrar sus insights.

domingo, 17 de enero de 2016

La relación simbiótica entre lengua e individuo libre

Siempre es poco el conocimiento personal, siempre es insuficiente, es apenas un haz de luz que cruza con timidez la espesa penumbra de nuestra propia ignorancia, negra como la pez, vasta como la nada. Pero este parvo saber que raya en la inopia es, sin embargo, motivo de sentimientos encontrados: nos aflige la oscuridad a la vez que nos alegra el más mínimo hallazgo, nos impacientan las tinieblas a la vez que nos conforta la refulgencia de las cosas nuevas, sobre todo de aquellas que se nos aparecen sin haberlas buscado. 

Escribí lo anterior inmediatamente después de encontrarme por primera vez con Friedrich Schleiermacher (1768-1834), al que conocí mientras leía un sabrosísimo ensayo sobre Moby Dick escrito por Fernando Velasco Garrido, genial traductor (El lardo es el lardo, se titula el opúsculo acerca de la novela de Melville).

Velasco Garrido cita a Schleiermacher para subrayar y explicar el valor de Moby Dick como hito de la lengua inglesa. Pero las palabras del alemán me distrajeron y me invitaron a buscar en internet el texto original…

Transcribo un pasaje de Sobre los diferentes métodos de traducir, escrito por el teólogo y filósofo alemán en 1813. Mi propósito al reproducir este fragmento es dar un ejemplo de la alegría que me provoca la aparición en mi vida de una persona que no conocía, del entusiasmo que me regala el hallazgo de una idea que hasta hace unos días no estaba en mi mente y de la jubilosa sensación de vigencia que brota frente a un texto que tiene doscientos años de haber sido escrito.

Lo que sugiere Schleiermacher en el mencionado opúsculo –y con lo que mi corazón coincide- es que la lengua es la fuente de la condición humana, no hay nada humano fuera de ella; sin embargo, el individuo libre tiene también, al pensar libremente, la posibilidad de alimentar la lengua y decir “algo” que merezca escucharse.

Las afirmaciones de Schleiermacher son, a propósito, beneficiarias de Giovanni Pico della Mirandola, quien en 1486 entregó al mundo su Discurso sobre la dignidad del hombre, pieza maestra y cumbre del espíritu renacentista.

Pero vayamos, pues, a Schleiermacher...

“Todo ser humano está, por un lado, en poder de la lengua que habla; él mismo y todo su pensamiento son fruto de ella. No puede pensar, con completa concreción, nada que se halle fuera de los límites de ella; la forma de sus conceptos, la naturaleza y los límites de sus posibilidades de combinación le vienen predeterminados por la lengua en la que ha nacido, y en la que se ha educado; la razón y la fantasía se hallan determinadas por ella. Por otro lado, sin embargo, todo ser humano que piense de forma independiente, y que posea autonomía intelectual, a su vez, también forma la lengua (…). En este sentido, pues, es la activa energía del individuo la que crea –originalmente sólo con el fin transitorio de comunicar un estado pasajero de la conciencia- nuevas formas en la dúctil materia de la lengua, de las cuales, sin embargo, perdura en la lengua unas veces algo más; y otras, algo menos; algo que, por su parte, recogido por otros, sigue extendiéndose y desarrollando su fuerza creadora. Es más, puede decirse que sólo en la medida en la que uno influye de esta forma en la lengua, merece ser escuchado más allá de su propio ámbito inmediato.”

*


miércoles, 28 de octubre de 2015

La implementación del universo


Llevo varios días buscando una manera clara de explicar por qué rechazo la palabra implementación, pero no encuentro cómo hacerlo, así que voy a uno de mis cuadernos de notas y transcribo descaradamente tres fragmentos del artículo La educación y la palabra, que don Manuel Pérez Rocha publicó en La Jornada del jueves 6 de marzo de 2014:

Implementación es un anglicismo inservible para nuestra lengua. Por supuesto, hay anglicismos que la enriquecen; pero éste, lejos de arrojar luz, genera oscuridad. 

Implementar es una palabra manoseada en los medios empresariales, en la televisión, en la publicidad, en la administración. Pero el término implementar es no sólo innecesario, su empleo genera confusión. Quienes lo usan olvidan que un implemento es una herramienta, un utensilio, de modo que, en todo caso, implementar debería usarse para indicar la acción de proporcionar herramientas, dotar de equipos (por ejemplo microscopios y matraces a un laboratorio), no como sinónimo de aplicar o poner en práctica un proyecto o una norma.

(…)

Por supuesto, este argumento no pierde valor por el hecho de que la Real Academia Española haya incluido la palabra implementar en su diccionario. No es este el primer traspié de esos señores, pero éste es mayúsculo. Véase lo que del verbo implementar dice ese diccionario:  

Poner en funcionamiento, aplicar métodos, 
medidas, etcétera, para llevar algo a cabo

La inanidad de esta definición es patente. Para los académicos implementar es cualquier acción (¡incluyen un etcétera!) para llevar a cabo algo. De modo que, por ejemplo, al poner en funcionamiento mi auto, lo implementé y cuando el médico aplica una inyección, la implementó.

(…)

La reforma educativa tiene que poner en un lugar principal el lenguaje, el amor por el lenguaje.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los exalumnos y los ex alumnos



Como prefijo, ex significa “fuera” o “más allá”, con relación al espacio o al tiempo. Extemporáneo (fuera de tiempo), excéntrico (fuera del centro), exaltar (colocar más allá de lo alto).

Como todo prefijo, este EX va pegado al lexema.  Por lo tanto, si escribimos exalumno, lo que estamos diciendo es que dicha persona está fuera o más allá del alumno, cuando en realidad lo que queremos decir es que esa persona fue alguna vez alumno y dejó de serlo; de ninguna manera queremos decir que esa persona está fuera de sí o más allá de sí, porque nadie es alumno ab ovo.

Idea para película de terror. Una mujer joven pare un bebé, y la partera que recibe a la criatura dice: ¡Felicidades, muchacha, es un alumno! El alumno recién nacido suelta el llanto y de su boca escapan íncubos y súcubos. Uno de ellos se posa sobre la cabecera de la cama, y la partera dice, divertida: ¡Mire, señora, un exalumno! Déjeme traer el insecticida.
 
A propósito. En nuestro patológico nacionalismo las mujeres mexicanas no dan a luz niños o niñas, sino soldados. Pero eso es harina de otro costal.

La misma preposición latina ex puede ser utilizada en español como adjetivo, para referirnos a lo que fue y ha dejado de ser tal. 

Con el propósito de no confundir el adjetivo con el prefijo, conviene mantenerlo separado del sustantivo al que está calificando, como en los siguientes casos: ex alumno, ex presidente, ex combatiente.

domingo, 22 de junio de 2014

Egomento



Para trasladar al español el neologismo selfie, podemos valernos del vocablo autorretrato, que registra el DRAE desde antes del surgimiento de las cámaras fotográficas en los teléfonos celulares. Pero ese hecho, su antelación, vuelve a dicha palabra poco atractiva socialmente: el hablante común supone, equivocadamente, que un retrato se refiere sólo al que se obtiene en el arte pictórico y no con la fotografía. Digo que tal creencia es errónea porque retrato viene del latín retractus, participio de retrahere (volver atrás, revivir).  Por consiguiente, la fotografía también retrata.

Sin embargo y ante la aceptación del anglicismo crudo selfie en el habla mexicana, propongo otro neologismo: EGOMENTO, voz que sabrá competir y alcanzar el éxito, si sabemos difundirlo a través de las las redes sociales.

EGOMENTO está formado por la voz latina ego (yo) y el sufijo –mento, que añade a dicha voz el valor de acción y efecto, pero que además produce evocaciones afortunadas (momento y monumento) y la vuelve, en segunda instancia, una palabra-valija (como las del Jabberwoky carrolliano).

Escrito lo anterior, podemos definir EGOMENTO de tres maneras, ninguna de las cuales excluye a las otras: 

1. Momento del yo
2. Monumento a mí mismo 
3. Autorretrato