miércoles, 28 de octubre de 2015

La implementación del universo


Llevo varios días buscando una manera clara de explicar por qué rechazo la palabra implementación, pero no encuentro cómo hacerlo, así que voy a uno de mis cuadernos de notas y transcribo descaradamente tres fragmentos del artículo La educación y la palabra, que don Manuel Pérez Rocha publicó en La Jornada del jueves 6 de marzo de 2014:

Implementación es un anglicismo inservible para nuestra lengua. Por supuesto, hay anglicismos que la enriquecen; pero éste, lejos de arrojar luz, genera oscuridad. 

Implementar es una palabra manoseada en los medios empresariales, en la televisión, en la publicidad, en la administración. Pero el término implementar es no sólo innecesario, su empleo genera confusión. Quienes lo usan olvidan que un implemento es una herramienta, un utensilio, de modo que, en todo caso, implementar debería usarse para indicar la acción de proporcionar herramientas, dotar de equipos (por ejemplo microscopios y matraces a un laboratorio), no como sinónimo de aplicar o poner en práctica un proyecto o una norma.

(…)

Por supuesto, este argumento no pierde valor por el hecho de que la Real Academia Española haya incluido la palabra implementar en su diccionario. No es este el primer traspié de esos señores, pero éste es mayúsculo. Véase lo que del verbo implementar dice ese diccionario:  

Poner en funcionamiento, aplicar métodos, 
medidas, etcétera, para llevar algo a cabo

La inanidad de esta definición es patente. Para los académicos implementar es cualquier acción (¡incluyen un etcétera!) para llevar a cabo algo. De modo que, por ejemplo, al poner en funcionamiento mi auto, lo implementé y cuando el médico aplica una inyección, la implementó.

(…)

La reforma educativa tiene que poner en un lugar principal el lenguaje, el amor por el lenguaje.